Nuestra cabeza es el núcleo de nuestras emociones y de nuestros sentimientos. Los seres humanos solemos poner nuestro elemento cognitivo por delante del emocional.

Pensamos continuamente. Aunque estemos haciendo alguna actividad en concreto, la mente se nos va. Se nos va tras el pensamiento al pasado y al futuro, con lo que dejamos de vivir en el presente. Este es nuestro modo de funcionamiento mental, y en un gran porcentaje de nuestro tiempo de vigilia. Cuando nos lleva al pasado, puede ser que lo haga para recordar momentos agradables que hayamos tenido, o para reflexionar acerca de lo que nos salió mal, para que no repitamos en el futuro el mismo error. Pero también, desgraciadamente, pensamos en el pasado de forma negativa, rumiando y generando sentimientos de culpa y vergüenza.

Rumiar es pensar obsesivamente los problemas, y parece que es un camino directo hacia el desánimo o la depresión. Rumiar también es un estado de ánimo que acaba centrado en uno mismo, basado en la autocrítica y antesala de la depresión en muchos casos. Así que rumiando lo que hacemos es activar más y más pensamientos, que generan más y más emociones, la mayoría de ellas negativas. De hecho, más de la mitad de nuestros pensamientos son negativos.

Por otro lado, el pasado muchas veces actúa como un imán que nos retiene, haciendo que no podamos salir del mismo sitio. Los pensamientos funcionan como un disco rayado que rememoramos mil veces y no nos permiten avanzar. Anclarse en el bucle de lo que ya pasó, en vez de en lo que puede pasar, no nos deja espacio para construir un futuro. La vida es aventura, y el pasado, si lo pensamos demasiado, solo nos condiciona. Lo difícil a veces es salir del bucle para vivirla como tal.

mente

Cuando nuestros pensamientos nos proyectan hacia el futuro, muy probablemente es para llenarnos de ansiedad y preocupación, pues el futuro es incierto. Es donde se asientan más fácilmente el miedo y la incertidumbre, pero por otro lado imaginamos que una mayor felicidad está siempre por llegar, y que solo cuando llegue seremos dichosos por fin. Por eso nos desvinculamos del presente, planeando, planificando, preocupándonos por lo que vendrá. Nos deleitamos pensando en las cosas que según nosotros deberían ocurrir para estar felices o llenar ese vacío que nos falta.

Esa sensación de que aún no tenemos lo que necesitamos para ser felices, la satisfacemos imaginando el futuro, proyectando todos nuestros deseos, y de esta forma siempre perseguimos algo que se escapa a nuestro control, poniendo infinitas condiciones a nuestra vida en forma de metas o deseos. La idea de que en el futuro pasarán cosas que nos harán sentir mejor, y que cuando esto llegue seremos por fin felices, es una idea que nos reconforta.

Pero cuando algo llega, en lugar de vivirlo con plenitud ya estamos pensando en el nuevo requisito futuro que, al cumplirse, hará que nos sintamos aún mejor, pues sin ello no seremos realmente felices. De este modo vamos olvidándonos de lo que estamos viviendo en realidad, que no debería ser otra cosa que el presente. El presente se nos escapa, corriendo siempre detrás de algo.

Es importante tener en cuenta que nosotros no somos nuestros pensamientos. Sin embargo, nos los creemos. Lo hacemos de tal manera que acabamos sintiendo como ellos nos marcan. Nos identificamos con ellos. Actuamos y sentimos conforme a lo que pensamos. Lo peor es que lo hacemos incontroladamente, y en vez de ceñirnos a la realidad, por el mismo hecho de pensarla la distorsionamos y la empeoramos.

La mente en “piloto automático” se encuentra tan perdida en sus propios pensamientos que está muy poco atenta a lo que está ocurriendo a su alrededor. Este modo de funcionamiento mental, que se acrecienta en momentos de estrés, recibe el nombre de “red neuronal por defecto”, y nos hace tener un continuo ruido de fondo que tan solo está en nuestra cabeza.